El sueño de Ribadesella

Ribadesella › Asturias

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Teléfonos: Oficina de turismo

985 860 038

 

Datos básicos

Clasificación: Etnografía

Clase: El concejo

Tipo: Varios

Comunidad autónoma: Principado de Asturias

Provincia: Asturias

Municipio: Ribadesella

Parroquia: Ribadesella

Entidad: Ribadesella

Comarca: Comarca del Oriente de Asturias

Zona: Oriente de Asturias

Situación: Costa de Asturias

Dirección: Ribadesella

Código postal: 33560

Cómo llegar: El sueño de Ribadesella

Dirección digital: 8CMPFW6R+RX

E-mail: Oficina de turismo

E-mail: Ayuntamiento de Ribadesella

Sobre Ribadesella: Situada en la costa oriental de Asturias, a los pies de los Picos de Europa, Ribadesella ofrece al visitante una amplia variedad de atractivos: paisaje, historia, cultura, naturaleza, fiestas, gastronomía… concentrados en un territorio recorrido por el río más famoso de Asturias, el Sella.

Tipo de turismo: accesible, activo, agroturismo, arqueológico, camping, carreras de montaña, costero, cultural, descanso, espacios protegidos, eventos, gastronómico, golf, lgtb, monumental, ornitológico, rural y sol y playa.

 

El sueño de Ribadesella

Nota: No disponemos de foto y mostramos un detalle del mapa de la zona. Si observa algún error en el contenido, agradecemos use el formulario que hay a pie de página.

Descripción:

Los riosellanos tenemos el secreto convencimiento de haber nacido en un paraíso terrenal. Dice Horacio, en una de sus famosas epístolas, que el hombre «debe vivir con la naturaleza en acuerdo». Los riosellanos constituimos una comunidad social de acuerdo con el ideal clásico, puesto que, desde sus orígenes, cada uno de sus individuos sabe que es imprescindible vivir en armonía con la naturaleza. Ribadesella es el milagro producido por un encuentro físico entre un río y la mar. En el punto mismo en donde termina el paternalismo panteísta de un río llamado Sella y comienza la influencia profunda del matriarcado de la mar cantábrica —que es, en realidad, una fabulosa sucursal del Océano Atlántico—, en ese punto exactamente se inició el sueño gótico de la primera leva de riosellanos.

En las orillas de los ríos han nacido, como se sabe, todas las grandes civilizaciones de la Humanidad. El agua es la fuente de la vida. Antes que el hombre fue el agua. De esta regla de oro de la sabiduría universal, Ribadesella es un ejemplo menor. Pero un ejemplo. Para los riosellanos, el agua es un dios familiar, determinante de nuestra existencia como pueblo.

Hace miles de años, cuando la Humanidad no era ni tan siquiera un esbozo social, en la orilla izquierda de un ancho estuario en el que remansaban juntas las aguas del río Sella y las aguas del océano, los habitantes de aquel paraíso terrenal iniciaban los primeros ensayos para una futura convivencia social: pescaban y cazaban, como imprescindibles ocupaciones vitales; luego, en el tiempo libre, celebraban sus ceremonias rituales, que siempre tenían por finalidad rendirle un culto primitivo a la naturaleza, que es la madre de todos: del hombre y del paisaje.

Así empezó la magia de un mundo perdido vitalmente, pero felizmente conservado, casi religiosamente, en las galerías de Tito Bustillo. Aquellos primeros indicios humanos de un riosellanismo, que, siendo en sus orígenes una cultura elemental, con el transcurso del tiempo se iría intelectualizando hasta convertirse en lo que es hoy: un estilo de vida y un modo de compartirla con los demás.

Se ha dicho que uno de los más ilustres personajes de la cepa riosellana, cuando pintaba, se ponía de rodillas; incluso ante una col. Era Darío de Regoyos, pintor universal, nacido en Ribadesella en el año 1857, cuyo padre —arquitecto urbanista— fue el autor de una parte de la obra de la modernización de la villa natal de su hijo Darío. Una de las cualidades innatas de los riosellanos es la humildad. Un riosellano que no sepa ser humilde nunca será un prototipo del pequeño paraíso natal. Nuestro pintor universal era personalmente humilde, pero sin dejar de ser lo que en realidad era: un genio. No sé si sería verdad que cuando se ponía a pintar hincaba sus rodillas ante el modelo aunque fuese éste un modesto vegetal. Creo que es una metáfora para resaltar su espíritu sensible y humanamente humilde.

Esa humildad que imprime el espíritu paradisíaco en el hombre riosellano es, sin duda, el reflejo de un acto telúrico que se descubre en el paisaje de Ribadesella en cuanto la sensibilidad de cada uno afina su violín desde ese estuario, actualmente reducido por el hombre, en el que el río Sella se entrega rendido al océano, se puede contemplar cómo las estribaciones de una gran cordillera, descendiendo escalonadamente desde las alturas del inmenso macizo gótico de los Picos de Europa hasta llegar a la orilla de las aguas, materializa la metáfora de la humildad de Regoyos: los Picos de Europa también se ponen de rodillas ante Ribadesella.

Hay una época en la historia de Ribadesella en la que sus rústicos muelles confluían dos tipos de navegación: la fluvial y la marítima. A aquel puerto llegó un día —22 de noviembre de 1790— un viajero a lomos de un viejo caballo, que había salido del pueblo de Sevares, situado en el interior, hacía siete horas. Atravesando las suaves ondulaciones del Sueve, por Calabrez entró en el concejo riosellano echando pestes del camino y convencido de haber llegado a «un lugar desproveído» (así lo anotó en su diario), en donde sólo encontraron huevos para comer, «ni carne, ni leche, ni pescado, ni confitería; ni aún barbero, hay uno y estaba en la aldea», escribió el ilustre gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos, mientras aguardaba en el mesón de Bárbara la llegada de unos notables locales. Todo le pareció lamentable. Incluso, la iglesia parroquial: «pésima», anotaría en su diario. Es bien sabido que Jovellanos poseía un exquisito sentido crítico sobre todo cuanto le rodeaba —ya fueran hombres o paisajes—; sin embargo, no parece probable que aquella Ribadesella de finales del siglo XVIII fuera más desastrosa y estuviera peor abastecida que otros lugares en la misma época y en el mismo hábitat natural.

En los años 90 del siglo XVIII, la villa estaba sometida al trajín de unas obras públicas que prometían la construcción de un muelle nuevo y la expansión del área urbana. Jovellanos incluye en sus diarios, además de las citas referidas, un esquemático plano de la ría, de la dársena y de la exigua población. Sesenta o setenta años después, aquella Ribadesella tan elemental se convertiría en una espléndida villa que en nada se parecía a la que había encontrado Jovellanos. Cabe sospechar que éste, después de tan largo viaje por caminos tan escabrosos, volcó su mal genio en unas críticas que no eran justas.

En el siglo XVI, el puerto riosellano recibía grandes barcos de cabotaje con matrícula inglesa. El subsuelo de la actual población riosellana lo componen miles de toneladas de arena de las orillas del río Támesis. Transportadas como lastre en las bodegas de los viejos bergantines, al final del viaje eran descargadas en las orillas de aquel rústico muelle y utilizadas como relleno para ir ganándole espacio al mar. Esta disputa por el espacio vital duraría, por lo menos, casi cuatro siglos.

Hay en el espíritu riosellano un notable porcentaje de talante inglés. Así como el espacio urbano tiene un amplio soporte de arena del Támesis, la inteligencia local está asentada sobre otro notable porcentaje de humor inglés acompañado por una generosa dosis del típico spleen. Los riosellanos disfrutamos de un peculiar sentido del humor y de una personal interpretación de la melancolía. Esos son los parámetros de nuestro discurso familiar. Lo mismo da que se trate de revisar nuestra particular historia, que de contarles, a quienes no las conoce, cómo son nuestras puestas de sol contempladas desde el promontorio de la Guía; un lugar estratégico para la defensa de la villa contra los ataques de la piratería; hoy, fortín de la fe en la Virgen de los pescadores.

Hasta la primera mitad del siglo XX, Ribadesella no ocultaba su doméstica pasión por el mundo inglés; probablemente, una de las manifestaciones más claras de esa anglofilia estaba contenida en una frase popular: «Ribadesella, limita al norte con Inglaterra». Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que las casas comerciales de Ribadesella tenían sus cuentas corrientes en bancos de la ciudad londinense. Se decía que bastaba la firma de uno de aquellos notables personajes del comercio local, aunque fuese estampada en un pedazo de papel de estraza, para cerrar con éxito una operación financiera en cualquier de los bancos de la City, en Londres.

Aquellas familias riosellanas, que coronaban con sus éxitos personales el prestigio mercantil de la villa, enviaban a sus hijos a Inglaterra para que estudiaran el idioma inglés, el derecho mercantil y la contabilidad comercial.

Pero el más notable anglófilo fue Agustín Argüelles. Así como Darío de Regollos —el artista— es el riosellano predilecto de la cultura francesa, Agustín Argüelles —el político— lo es, a su vez, de la inglesa. El Argüelles ilustrado, que protagonizó el momento decisivo para lograr la emancipación de la sociedad española de la vieja tiranía feudalista, nació en Ribadesella en el año 1776.

Los Argüelles del siglo XVIII pertenecían a la hidalguía asturiana, una clase social que se considera el primer antecedente de la burguesía que vendría más tarde. El niño Agustín creció, enfermizo y tímido, en un hogar culto, que era frecuentado por muchos y singulares personajes, desde el inglés lord Holland, hasta un sacerdote francés huido de la Revolución de 1789, pasando por un exótico personaje que se decía rey de un pequeño país árabe, al cual habían salvado de un naufragio ocurrido frente a la costa de Ribadesella. Este hogar riosellano fue, también, uno de los refugios predilectos de Jovellanos. Rodeado de aquel ambiente culto y exquisito socialmente, Agustín fue descubriendo los misterios de la sabiduría humana. Lo primero que aprendió fue que el secreto de poseerla estaba escrito en los libros. Fue un aplicado estudiante. En la Universidad de Oviedo —en donde estudió leyes— destacaba entre sus compañeros por su inteligencia y por sus amplios conocimientos de la cultura clásica.

El siglo XIX sorprende a Agustín Argüelles ocupando un modesto cargo de funcionario del Estado. Hasta que, favorecido por el azar de la política y de los intereses personales de algunos de sus más destacados protagonistas, entra en el mundo de la diplomacia. Y es enviado a Inglaterra. Allí empezó su protagonismo estelar en los acontecimientos españoles de aquel siglo.

Fue el doceañista más inteligente de aquella generación de juristas innovadores. No ha vuelto a repetirse un riosellano tan excepcional. A pesar de su prestigio público —recordemos que fue tutor de la reina Isabel II—, vivió siempre con severa austeridad; al morir, en el año 1844, no dejó bienes.

Consagró su vida a enriquecer su inteligencia, no su patrimonio material. Hubo un tiempo en el que los riosellanos le rendían culto a su memoria; incluso se le adjudicaban favores hechos a la villa que, en realidad, no habían sido cosa suya. Hoy, de aquel inconmensurable personaje se conserva un pequeño busto de bronce en el «hall» de entrada en el ayuntamiento de la villa. Un hombre tan ilustre reducido a la humilde condición de ujier municipal...

El otro apellido Argüelles, que dejó también honda huella en la historia moderna de Ribadesella, era de origen netamente rural. De esa aristocracia rural asturiana, parte la iniciativa de la más moderna transformación de la villa. Doña María Josefa Argüelles Díaz y su esposo don Federico Bernaldo de Quirós y Mier, marqueses de Argüelles, han sido la gran «locomotora» de la tercera ola del mercantilismo riosellano. Primero, fue la agricultura; luego, el comercio marítimo; después, el turismo. En la última década del siglo XIX y en las dos primeras del siglo XX, el Arenal, situado en la orilla izquierda del gran estuario del Sella, marca el cambio de vida en la villa.

Sobre las huertas y las dunas de aquel lugar surgió la barriada de La Playa. Realizados los sueños mercantiles de la burguesía local, quedaba un amplio espacio para nuevas empresas. Este fue el que ocupó la clase aristocrática de la Restauración y la nueva burguesía aduladora en la Corte del Rey don Alfonso XIII. Se abrió un nuevo camino mientras se le cerraban los viejos caminos de su historia antigua: Ribadesella se convertía en uno de los cuatro grandes centros de veraneo en el norte, contando San Sebastián, Santander y Gijón; el comercio y la pesca alcanzaban las más altas cotas del enriquecimiento de la burguesía local. Hasta que la cultura económica occidental hizo crack un jueves del año 1929.

Al final, Ribadesella se quedó sola con su espléndida barriada de La Playa, dedicándose al negocio de los baños de mar. El gran patrimonio actual de los riosellanos es su memoria. Por ella navega solitario el bergantín Habana, sobre cuya cubierta toman el sol tantos riosellanos empeñados en hacerse ricos y notables en las Américas, y más próximo a nuestros días, el Alberto: un barco de carga que durante muchos años, en las décadas de los 20 y los 30, hizo la ruta marítima de Ribadesella a Corcubión, en La Coruña, con carga de piedra para una fábrica de carburo. Su popularidad fue tal, que cuando nacía un niño en aquellos años felices riosellanos no se decía que lo había traído la cigüeña de París, sino el Alberto. Aquella generación de riosellanos albertinos es, hoy, el fondo principal del capital de su memoria local. Decía Baroja que Darío de Regoyos era «jovial, alegre y poco práctico...». Es la mejor definición del espíritu riosellano. El riosellano práctico —como, en general, los asturianos— siempre está fuera del paraíso. Ribadesella se ha quedado siempre con todos los poetas dentro, soñándola. Pero el paraíso está sobradamente soñado. Si se quiere que Ribadesella deje de ser la colonia de nuestros sueños, para convertirla en la metrópoli de nuestros intereses comunes, alguien tendrá que decir lo mismo que aquel pensador alemán (Heidegger): «Mandadme un filósofo; pero, por favor, no me enviéis un poeta...».

Lorenzo Cordero*

*) Autor de este pregón con el que abrió, el 29 de septiembre de 2000, las fiestas del Centro Asturiano de Sevilla. El texto íntegro de esta hermosa y documentada crónica sentimental de su Ribadesella natal fue reproducido por el diario La Voz de Asturias el 4 de octubre del mismo año.

Lorenzo Cordero Rosete (Ribadesella, 1927) es un prestigioso periodista. Miembro de la Tertulia Literaria «El Portiellu», fundadora del periódico local Somos. A lo largo de la década de los cincuenta, este grupo hizo todo lo posible por recuperar el patrimonio cultural y artístico de la villa. En 1960, el periodismo se instala definitivamente en su vida. Ingresa en la Escuela Oficial de Periodismo (Madrid), se integra en el staff de colaboradores fijos del diario ovetense La Nueva España; en 1965, forma parte de la plantilla de periodistas del diario La Voz de Asturias, ocupando diversos puestos de responsabilidad, desde redactor hasta director del citado medio.

Formó parte del grupo de periodistas fundador de la revista Asturias Semanal. Colaboró con Radio Asturias, durante diez años, como comentarista de la actualidad. Ha ejercido siempre el periodismo político. Editorialista. Actualmente es columnista de La Voz de Asturias y comentarista político en TeleAsturias. Entre los numerosos premios recibidos a lo largo de su vida profesional, cuenta con el Premio Asturias de Periodismo (1994). Por acuerdo unánime de la Corporación Municipal fue nombrado Cronista Oficial de Ribadesella el 7 de julio de 200

Historia de Ribadesella

El asentamiento humano en territorio de Ribadesella es continuo desde los más remotos tiempos prehistóricos. Al hombre de entonces el marco geográfico riosellano le ofrecía ventajosas condiciones para el hábitat. La arqueóloga Yolanda Viniegra apunta a que ello fue posible gracias a la convergencia de varios factores. De un lado, la configuración topográfica, donde sobresale el ancho pasillo costero y el largo curso del río Sella rematado en su desembocadura por un amplio estuario. De otro, la pluralidad de cavernas y abrigos rocosos, que, nacidos de la acción de desgaste del agua sobre los vastos sectores calcáreos comarcales, acogieron a aquellos hombres, sometidos como estaban a la hostilidad de Würm, la última glaciación cuaternaria.

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